Tristeza Divina: el dolor que sana el alma
“¿No significa nada para vosotros, todos los que pasáis? Mirad y ved si hay dolor como mi dolor…” (Lamentaciones 1:12).
El profeta Jeremías no está exagerando. Está llorando sobre las ruinas de Jerusalén, sobre una ciudad que alguna vez fue fuerte, espiritual y próspera, y que ahora yace devastada. No solo ve piedras caídas; ve sueños rotos, decisiones equivocadas y consecuencias inevitables.
Querido seguidor de La Promesa Diaria, hay momentos en la vida en los que el dolor nos desborda. A veces no porque hicimos algo mal, sino porque vivimos en un mundo caído. Otras veces, como le ocurrió a Jerusalén, porque sembramos vientos y terminamos cosechando tempestades (Oseas 8:7).
Aquí es donde debemos aprender a distinguir algo vital: no toda tristeza es igual.
La tristeza que destruye… y la tristeza que transforma
La Escritura nos enseña que “la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación” (2 Corintios 7:10).
Esa es la tristeza divina. No es la que paraliza, sino la que despierta. No es la que condena, sino la que corrige y restaura.
Cuando desobedecemos a Dios, el dolor que sentimos no es castigo cruel, sino una alarma espiritual que nos llama a regresar al camino correcto. Es la voz amorosa del Padre diciendo: “Hijo, por aquí no es”.
Ejemplos para la vida diaria
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En el hogar:
Cuando una palabra hiriente rompe la paz familiar y luego sentimos pesar en el corazón, esa incomodidad no es debilidad; es una oportunidad. La tristeza divina nos impulsa a pedir perdón, a restaurar la relación y a sanar el ambiente del hogar. -
En el trabajo:
Cuando actuamos con deshonestidad, negligencia o orgullo, y luego la conciencia nos inquieta, no huyamos de ese sentimiento. Dios está usando ese dolor para alinearnos nuevamente con la integridad y el propósito. -
En nuestras amistades:
Si hemos fallado, traicionado la confianza o actuado con indiferencia, la tristeza según Dios nos mueve a dar el primer paso hacia la reconciliación, en lugar de justificarnos.
El camino más rápido hacia la sanidad
La Biblia es clara y esperanzadora:
“Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar” (1 Juan 1:9).
No hay atajo más rápido hacia la restauración que la humildad delante de Dios. La tristeza divina no nos deja en el suelo; nos levanta con arrepentimiento sincero y nos conduce a una gracia renovadora.
Jeremías lloró, sí… pero también declaró una verdad eterna:
“Por la misericordia del Señor no hemos sido consumidos… nuevas son cada mañana” (Lamentaciones 3:22–23).
Dios no se deleita en tu dolor. Él se deleita en tu restauración. Él transforma el luto en danza, la culpa en perdón y las ruinas en nuevos comienzos.
Si hoy atraviesas tristeza, pregúntate con honestidad:
👉 ¿Es un dolor que me aleja de Dios… o uno que me está llamando a volver a Él?
Porque cuando la tristeza viene de Dios, siempre termina en esperanza.
Por: William de Jesús Vélez Ruíz [WilliVeR]
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